Columna Daniel Samper Ospina Septiembre 30 Caracol radio

Empiezo por una declaración: aunque siempre he tenido serios enfrentamientos con la Iglesia, no me agrada todo lo que está pasando.

Me sentiría mal si sobre el cadáver de esta iglesia yo saltara ahora como un chulo, a picotear es la carne muerta.

Creo, más bien, que este episodio sirve para que la Iglesia empiece a tener un cambio absoluto, que la modernice y la acerque a gente que, como yo, vemos en sus gestos óxido, hipocresía y doble moral.

Aunque pocos curas me crean, no soy ateo. No descreo de dios, sino de la iglesia. Y descreo porque es una institución que no es moral sino moralista, que no ha sido capaz de sintonizarse con los tiempos modernos y que siempre se acomoda.

Una vez sus miembros más activos me demandaron por unas fotografías que parodiaban la última cena.

Esa vez trataron de que un pecado fuera tratado como un delito.

Pero cuando ellos violan niños, entonces, es al revés: tratan los delitos como si fueran simples pecados, y mandan a los curas fuera del país, a que reflexionen.

Sueño con que esta crisis de la Iglesia la haga caer del todo, para que tenga la obligación de rehacerse.

Sueño con una iglesia en la que los curas puedan casarse y tener hijos; en la que los curas no confundan la moral con el moralismo; en la que los curas no se metan en mi cama, ni en las entrañas de las mujeres, para que no tengan la arrogancia de decidir por los demás si está bien usar condón o abortar.

Sueño con una iglesia respetuosa de la salud pública y carente de la doble moral histórica que la ha caracterizado.

Y lo único que me gusta de toda esta convulsión en la que el Papa pelea con los muslmanes y revientan casos de pedofilia en varios países, entre ellos Colombia, es que a lo mejor esta crisis es necesaria para que la iglesia se reforme y deje de ser el oscuro sótano que es hoy.